Honor, sangre y acero. Esas son las tres palabras que han marcado la existencia del consagrado capitán de Tol Rauko, Argus Broderick. Huérfano desde que tiene uso de razón, Argus volcó la mayor parte de su infancia en el arte de la lucha, perfeccionando un estilo propio y letal que su maestro le imbuyó con severidad y constancia. Pronto empezó a destacar, llegando a vencer a los mayores con insultante facilidad. A consecuencia de ello, y sabedor de que ya no podía enseñarle nada más al chico, su instructor lo envió a un peregrinaje que ocuparía seis años de su vida. Se desconoce qué estuvo haciendo durante aquel largo tiempo, pero lo cierto es que cuando regresó, Argus Broderick era otra persona. Había adquirido una especie de sabiduría natural, una presencia que imponía respeto por sí misma. Durante algunos años tras su regreso trabajó como mercenario para grandes personalidades de Gaïa. La espada de Broderick se cotizaba a precios astronómicos en las altas esferas, pero lo más importante estaría aún por llegar.
Las historias que narran su ingreso en Tol Rauko son oscuras e inconexas. Se cuenta que estuvo implicado en una de las mayores búsquedas que un individuo ha realizado en pos de un artefacto sobrenatural, y que hubo algún tipo de confrontación con los templarios. El nombre del contratante y responsable del incidente ha caído en el olvido de los archivos de Tol Rauko, pero la verdadera historia aún vive en el recuerdo de los más veteranos... y de los que vivieron esa misión.
Sea como fuere, algunos meses tras el suceso, Argus Broderick ya formaba parte de los templarios, a cuya causa sirvió con indómita convicción desde el primer día en que ingresó. Muchos años después, ostenta el rango de capitán y tiene a su servicio directo a un buen número de los mejores agentes de la fortaleza. En particular, siente un gran aprecio profesional por Serenade, aunque pasar tanto tiempo con ella tal vez haya hecho germinar en el hombre algún que otro sentimiento conflictivo. O así lo calificaría él.


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