Hijo único del Barón Aaron Laurent y la Baronesa Lydia Laurent. Criado entre algodones gracias a la perspicacia empresarial de su progenitor. Desde muy joven empezó a notar algunos matices de dudosa moral en los métodos de su padre, y poco a poco fue descubriendo que éste no sentía ningún pudor en mentir o en poner a las personas entre la espada y la pared con tal de lograr sus objetivos. Esto nunca agradó a su madre, quien viendo las intenciones de Aaron en hacer que Thomas siguiera sus pasos y "se convirtiera en un hombre despreciable", puso todo su ímpetu en educar a su hijo en el respeto a las personas que le rodeaban, y haciéndole ver que eran otro tipo de virtudes las que hacían a los grandes hombres.
"Tu padre antes era alguien bello, pero el tiempo lo ha ido
embruteciendo”, solía decir su madre con profunda tristeza. “Y ese hombre no
hace nada más que meterle en la cabeza ideas horribles”. Lydia provocó el
enorme apetito de su hijo por la cultura. Éste visitaba con frecuencia la
biblioteca de la Gran Universidad de Du Lucart, devorando libros de todo tipo a
un ritmo inusitado. Le gustaban especialmente los libros de aventuras, y en
muchas ocasiones le sorprendían fantaseando con los ojos cerrados, como en una
nube que nadie podía alcanzar.
Con el paso de los años la insistencia de su padre en hacer
de él un hombre a su imagen y semejanza fue tornándose más radical. Su casa era
un hervidero de disputas entre Aaron y su madre, que se negaba rotundamente a
que su hijo asistiera a las prácticas corrosivas y degradantes con las que su
padre había elevado el prestigio del apellido Laurent.
Cuando el chico tenía quince años, Aaron irrumpió en su
habitación en mitad de la noche. Estaba nervioso, las manos le temblaban y la
voz se le escapaba como un suspiro agónico. Le dijo que su madre había muerto,
que llevaba unos meses muy enferma pero que no le había dicho nada para no
alarmarle. Desde entonces, Aaron tomó las riendas de su educación, pero siempre
hubo algo en su mirada que hizo desconfiar a Thomas. Un día, aprovechando la
ausencia de su padre, destrozó la cerradura del baúl que contenía las
pertenencias de su madre. Escondida en una blusa, halló una nota. En ella
mostraba su preocupación por el delicado estado mental de su padre, y le urgía
a que abandonase la ciudad y buscase a un antiguo amigo, un tal Howlind Macer.
Él le ayudaría a seguir adelante. Antes de abandonar su hogar, Thomas hizo un
último registro, esta vez en el despacho de su padre. En él encontró un par de
manuales de herbolaría y alquimia extremadamente raros y caros, en los que se
explicaba cómo mezclar ciertas sustancias tóxicas para lograr una muerte rápida
y sin dejar rastro. Después de aquello, henchido de dolor, Thomas emprendió su
propio camino hacia ninguna parte, y todas a la vez. Apenas se llevó nada de
aquella casa, salvo algunas prendas, algo de dinero y un extraño artefacto que
había pertenecido a la familia durante generaciones, y cuyo nombre era Sub
Lucem.
Algunos meses después, Thomas se daría de bruces con el
barco de la Compañía Talesias, descubriendo con gran alegría que, de algún
modo, aquellos tipos tenían alguna relación con Howlind Macer. Por primera vez
en su viaje, las cosas empezaban a volver a su cauce.


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