La vida en el bosque era sencilla. Cazaba para comer, dormía cuando le apetecía y hacia cuanto quería. Era su mundo. Siempre tuvo la capacidad de comunicarse con las entidades que habitaban en la maleza, con los espíritus residuales que no podían abandonar el lugar. Su percepción era más que sensorial. Sabía cuando el bosque estaba alegre, y cuando triste. Sabía lo que ocurría en cada uno de sus rincones, cuándo un espíritu pasaba cerca suya. A menudo se entretenía fabricando tintes naturales que usaba para inscribir runas en los árboles. Estos símbolos no significaban nada salvo conceptos. Ni siquiera eran un idioma. Algunas runas simbolizaban la armonía, otras la pasión, y otras la fortaleza. Estaba en la esencia de Amelith saber qué dibujar y dónde dibujarlo. Era algo que hacía por instinto, sin preguntarse por qué ni qué pretendía con ello.
Llegó un día en que la paz del bosque se quebró. Apreció una chica llamada Erin, a la que perseguían un grupo de soldados. Aemelith se vio inmiscuida en la huida. Corrieron hasta adentrarse en una zona de la maleza desconocida incluso para la niña. Llegaron a un enorme templo de piedra y madera. Allí encontró una daga legendaria que le permitió fundirse con los muros y pasar desapercibidas a ojos de los persecutores. Esto hizo que despertara un antiguo espíritu del templo, que casi le obligó a devolver la daga, pues ésta estaba destinada a ser encontrada por "el buscador". Aemelith se resistió, creyendo que era ella la que legítimamente debía poseer el arma. Su voluntad llamó a una enorme serpiente albina, que emergió de las entrañas de la estatua parlante. Y desde entonces, no se separaría de ella.
Ahora viaja con Erin movida por la curiosidad que le suscita el mundo exterior. Si realmente está buscando algo, o tiene un objetivo que cumplir en la vida, lo ignora. El destino es un concepto inexistente para ella. Pero ella sí que existe para el destino.


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